A los 66 años, el mago del rock agotó las entradas en menos de una hora y brindó un show emocionante, al que concurrió un público mayormente millennial

Charly García presentó anoche, otra vez, una nueva versión de su ser. A los 66 años y después de mil y más batallas Charly volvió a los escenarios luego de un largo período, más allá de su show sorpresa de marzo del año pasado, para 200 personas y en plan apoyo de la salida de su último álbum, Random. Anoche, García volvió al teatro que, cuarenta años atrás, lo vio buscar su destino con La máquina de hacer pájaros y lo consagró para siempre como artista nacional, justo antes de emprender la aventura Seru Giran.

Desde temprano, los que habían conseguido entradas para tamaña ocasión se instalaron en los alrededores del teatro y mientras los más grandes se preguntaban con qué Charly García se iban a encontrar, la mayoría del público, millennials por naturaleza, disfrutaba de ser testigo de un evento histórico, de esos que hoy se “instagramean” como si fuera el último día de la humanidad. Creer o reventar. Charly García sigue siendo un artista para adolescentes y jóvenes que, más allá de disfrutar de esos himnos compuestos décadas atrás, encuentran en la figura del bigote bicolor un imán energético, una leyenda, un mito que sigue ahí arriba a pesar de todo.

A la hora programada, apenas quince minutos antes de las 21, el telón sube y comienza a develarse la pregunta que todos se hicieron en la previa desde que se anunció este regreso. Sentado en una suerte de sillón de masajes para estrellas de rock, Charly arranca con “Instituciones”. Un clásico de Sui Generis para las nuevas generaciones: “Yo miro por el día que vendrá, hermoso como un sol en la ciudad y si me escuchás bien, creo que entenderás por qué yo esperé en vano que me dieras tu mano”, canta Charly y la procesión va por dentro.

Con una réplica de la Torre Tesla como principal escenografía, eje conceptual de este espectáculo, García arremete con otro clásico de su discografía, y “Cerca de la revolución” suena a mensaje para quienes no confiaban en este regreso. Un alarde compositivo para las nuevas generaciones antes de introducirse en su último disco, Random.

Entonces sí, suenan “La máquina de ser feliz”, “King Kong” y “Lluvia”, tres temas de la última cosecha que confirman la calidad del más reciente trabajo de García. Las nuevas composiciones se funden a la perfección con el repertorio más variado de Charly.

Con “Rezo por vos” ya se presiente que este será un show a la medida del García del nuevo milenio. Ordenado, sin excesos, pero efectivo ciento por ciento, con esa nueva camada de fans que dicen ser la banda de Say No More y cantan sobre su voz ronca las canciones que ya son himnos nacionales. García en escena, hoy, es un músico concentrado que casi no habla con su público y permanece en línea con un guión programado como nunca antes. Y él lo sabe, por eso sus primeras palabras para la audiencia son: “¡Cuánta civilización!”.

Los músicos que lo acompañan vestidos de punta en blanco (Fabián “Zorrito” Quintiero, la cantante Rosario Ortega y los músicos chilenos Kiuge Hayashida, Carlos González y Toño Silva) muestran su oficio canción tras canción y siguen la pauta de un show ensayado hasta la última nota.

Le dedica “Yendo de la cama al living” a Tesla, el inventor loco incomprendido en su tiempo que pensó antes que nadie en la posibilidad de transmitir ondas eléctricas a través del espacio. Una suerte de Charly García de principios del siglo XX.

“Me siento mucho mejor”, “Promesas sobre el bidet” y “Demoliendo hoteles” dan por finalizado oficialmente este regreso y el público repite esos versos cantados cientos de veces aquí, allá, a lo ancho y a lo largo del país. Esto más que un concierto es una celebración. Y se percibe en el aire. Todos sonríen y gozan del momento y a nadie le importa ya que Charly no se mueva de su confortable sillón.

Charly vuelve y emociona, como ayer, como siempre, cantando “Los dinosaurios”, mientras en la pantalla se reproducen imágenes del juicio a las Juntas Militares y él mismo cambia su letra para conmover a todos: “La persona que amas NO va a desaparecer”, dice, gruñe, canta. García sigue sentado y concentrado en no perder el foco. Y así, dará un show de poco más de hora y media que, con los años, hará historia, una vez más.

El final será con el telón cerrado y los casi dos mil asistentes cantando las estrofas de “Inconsciente colectivo” y “El fantasma de Canterville” (quién les ha enseñado esas canciones a estos veinteañeros sigue siendo un misterio) y esos versos atemporales quedarán sonando hasta la próxima ilusión de este mago sin final.

Por: Sebastián Ramos para LN

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